jueves, 8 de diciembre de 2011

De la cumbre del siglo o del tiempo al tiempo

Esta tarde afrontamos una cumbre en Bruselas a vida o muerte para los Diecisiete. La calificada como cumbre del siglo prometía a principios de semana, y a mí se me antojaba como la del posible sorpasso definitivo del Consejo a la Comisión, sobre todo tras leer la carta de Van Rompuy a Merkozy, dando cuenta de algunos interesantes vericuetos legales para soslayar la reforma del Tratado y su consiguiente proceso de ratificación.


Reformas legales al margen, parece que hoy sí, los 17 se la juegan, mientras los otros 10, encabezados por un histriónico Cameron, temen lo peor y rehúsan, acrobáticamente, tanto formar parte de un nuevo Tratado más vinculante como quedar descolgados del mismo, lo cual no deja de ser paradójico para el presidente del grupo euroescéptico The Conservatives en la Eurocámara.


Cameron, cual émulo de Thatcher, no duda en ser explícito: “Cuanto más nos pida la eurozona, más pediremos nosotros a cambio”. El británico apuesta por una unión comercial y se va a oponer hasta el final al impuesto sobre transacciones financieras, al menos hasta que éste no se imponga a nivel global. Algo de razón le asiste en este punto, aunque por algo hay que empezar, y la Unión se siente en el deber moral de introducir esa tasa sobre ese mundo financiero que tanto se ha cebado con el euro.

Esta semana, el protagonismo de Merkel y Sarkozy ha sido compartido por Van Rompuy, y el intercambio de misivas entre estos tres. Por decirlo brevemente, Merkozy quieren aplicar sanciones automáticas a los Estados miembros de la eurozona, e introducir impuestos comunes para la eurozona y para todos aquellos Estados miembros que quieran subirse al carro.

¿No falta alguien en la sala? A pesar de su hiperactividad y de los grandilocuentes discursos sobre el Estado de la Unión, no corren buenos tiempos para nuestro presidente de la Comisión. Barroso insistía esta misma mañana desde Marsella (reunión anual del PPE) en que la UE va a ofrecer soluciones europeas, y que las soluciones nacionales son cosa ya del pasado. Conocemos las dotes oratorias del portugués, pero estos días no está siendo capaz ni de darnos un buen titular.

A todo esto. No sé si repararon en la rueda de prensa del eje franco-alemán el pasado lunes cómo, renunciando a todo pudor, sus respectivas banderas nacionales eclipsaron a la estrellada europea. No es una imagen casual, y no ha dejado indiferente, por ejemplo, al Comisario Laszlo Andor, quien asegura que para los Estados miembros de la Unión no es plato de buen gusto ver cómo todo se decide entre dos. Cada vez tengo más claro que Andor es el Comisario díscolo de esta legislatura.

Regresando a las misivas, Van Rompuy se ha descolgado con una propuesta de enmienda de los Tratados que no requiera unanimidad en el Consejo. Merkel y Sarkozy quieren incluir nuevas provisiones. A saber: a) la Comisión podrá multar a las naciones que incurran en déficit excesivo (pero, ojo, previa votación del Eurogrupo); b) los países de la eurozona tendrán que modificar sus leyes estatales para garantizar el equilibrio presupuestario (es decir, introducir la Regla de Oro  en sus Constituciones, como hizo España este verano); c) se introducirá una base común para el impuesto de sociedades y el impuesto de transacciones financieras en la eurozona, y, d) los rescates futuros no precisarán de inversores privados (a diferencia de lo ocurrido con Grecia).

No sé a ustedes, pero a mí la música me suena mucho, es el Pacto de Estabilidad reeditado con una pizca de pimienta añadida al gusto de Francia y Alemania, que, eso sí, quieren que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea sea el último garante del cumplimiento de estos compromisos de deuda y contención presupuestaria de los Estados.

Entretanto, la Comisión es fiel a su papel de Ejecutivo, representando a los 27 sin representar a ninguno. Naturalmente distintas voces, orquestadas o no, se apresuraron a arremeter contra las propuestas de reforma del Tratado basadas sobre todo en las sanciones. Mucha amenaza y poca puesta en común de objetivos políticos. Esta reforma sabe a poco, cierto es, y queda muy lejos de la unión fiscal y presupuestaria, por no decir que el sistema de sanciones chirría si de lo que se trata es de una toma de decisiones democrática.

En cambio, el presidente del Consejo se muestra muy predispuesto a acelerar la implementación de las reformas y a eliminar todo obstáculo (¿cómo?). Van Rompuy ha presentado su propio informe esta semana, asegurando que muchas de las propuestas franco-alemanas son innecesarias. Quiere ser el adalid de los 27 Estados miembros. Pero también quiere cosechar un éxito propio. Si bien es cierto que cree en la disciplina presupuestaria, apuesta por la preponderancia del Tribunal Europeo para vigilar la implementación a nivel nacional (enmendar el art. 48 del TFUE), aunque recuerda que ya existe un protocolo (el protocolo 12) para el proceso de déficit excesivo, que requiere la unanimidad del Consejo. Lo que está claro es que el Tratado actual no permite las sanciones automáticas por parte de las instituciones, a pesar de que se mencione ex profeso a la Comisión, como organismo más neutral del sistema. La cuestión es que hasta ahora se exigía unanimidad a 27, y ahora los 17 entrarán en cooperación reforzada para imponer la contención presupuestaria. Van Rompuy se ve beneficiado porque Merkozy le ofrecen presidir las reuniones del Eurogrupo.

Ahora bien, lo más interesante de la propuesta de Van Rompuy es su petición de que a medio o largo plazo haya una emisión de deuda común (entiendo que son los Eurobonos), que se impongan las prácticas establecidas por el FMI para futuros posibles rescates, y que se tomen las decisiones en el ESM por mayoría cualificada, y no por unanimidad. Recordemos que el ESM es el Mecanismo Europeo de Estabilidad, es decir una especie de programa de rescate permanente, que entrará en vigor a mediados de 2013 cuando venza el actual fondo de rescate, el FEEF. La cosa no queda ahí, se asegura que el ESM podría recapitalizar bancos directamente, convirtiéndose en una entidad de crédito a todos los efectos, por lo que podría a su vez obtener crédito del BCE. Y es que, aunque se eliminaran los obstáculos políticos en el seno del Consejo, lo cierto es que pululan otras dudas, primeramente si el FMI intervendrá en algunos Estados o si el BCE podrá por fin emitir los Eurobonos. Esto es algo que sigue sacando de sus cabales a Merkel.

Pero no nos olvidemos del quinto en discordia, Goldman Sachs (lean con atención y constaten su omnipresente capacidad de influencia sobre los europeos). Y qué me dicen de Standard & Poor’s, que nada más estrenar la semana lanzó sus dudas sobre la solvencia de la eurozona sin un temblor de pulso. La agencia de calificación aseguró que la presión sistémica sobre la eurozona ha crecido en las últimas semanas. O sea, aténganse a las consecuencias, venían a decir.

Mientras ya hay un clamor pidiendo más Europa, más democracia, una unión federal, legitimidad política, una no puede evitar tener la sensación de que, al final, los grandes bancos de inversión y las agencias de rating tensarán la cuerda al máximo hasta que Merkel ceda y permita al BCE emitir deuda en forma de Eurobonos. Seamos conscientes de que los mercados financieros necesitan también instituciones fuertes, y la decisión concluyente es totalmente política. En este contexto, no sé si por fin podemos esperar grandes milagros de esta cumbre, sobre todo porque las propuestas suenan a déjà vu, con algunos matices. El escenario resultante siempre será el de la austeridad y la sensación de que hay que darle tiempo al tiempo.