martes, 10 de mayo de 2011

Europa necesita una historia de éxito

Hojeaba hoy, tras ligero almuerzo, el libro de Gibbon sobre la caída del Imperio Romano, esa que dicen fue la obra de cabecera de Churchill y tantos otros grandes líderes políticos. Gibbon cree que la Historia es el registro de los crímenes,locuras e infortunios de la Humanidad.

Ayer fue el día de Europa, el 9 de mayo menos propicio a celebraciones de todos los que recuerdo. Barroso está en pleno fragor de la batalla por defender el acervo de Schengen frente a Italia y Francia, la zona de libre circulación más dinámica y exitosa del planeta. Una unión sin fronteras que se fraguó superando enormes dificultades. Merecerían los artífices de aquello el respeto de que no se levantaran cercados, ni siquiera temporalmente. Todo ello con la sensación de vivir a merced de la tempestad helena, desde el pasado viernes, cuando brotaron los rumores sobre un posible regreso de Grecia al dracma.

Hoy leí titulares de la prensa griega, plagados de autocrítica. Incluso desde la prensa local se alaba el modelo irlandés de competitividad, mientras los griegos tardan demasiado en remontar el vuelo. El diario progresista Ta Nea se muestra quejoso de su gobierno, que "negocia con los sindicato si mantiene un 51 o un 34 por ciento de las compañías eléctricas", mientras es incapaz de tomar medidas concretas para reactivar la economía productiva. Entretanto, Grecia está ineluctablemente unida a nuestro porvenir, así será mientras forme parte de la unión monetaria. Todos esperaban superar la crisis en un par de años, con este sumamos casi cuatro años, y nadie mejora posiciones. La sensación generalizada es de que los cimientos se tambalean.

La Europa funcional estaba a punto de dar paso a la Europa legítimamente democrática, a la unión política. Eso nos decía el Tratado de Lisboa, así nos lo insinuaba la creación de la Iniciativa Ciudadana. El destino nos dio cartas buenas, pero sólo aceptamos las palabras hermosas, nunca los hechos austeros. No quisiera que Europa cerrara las puertas a nadie, ni que fuera preciso soltar lastre, pero...

Por si fuera poco, como las tragedias nunca vienen solas, la UE corre el riesgo de perder la batalla de la imagen. Ayer los eurodiputados votaron contra la eliminación de la segunda sede, en Estrasburgo. Algunos se salvan de la quema, y votan contra ese absurdo dispendio (felicito desde aquí al catalán Romeva), que no es el chocolate del loro y simboliza de un modo sangrante la eurocracia en su peor cara. Aunque nadie debe llevarse a engaño, hoy el problema no es la eurocracia ni lo son los casos aislados de mal uso de las influencias, sino la tensión creciente entre lo humillante y el coste de las restricciones domésticas.

El clima de enfrentamiento está latente, empieza desde Finlandia y el populismo antieuropeísta de los True Finns, continúa por un Reino Unido, con serios problemas internos, donde Cameron decide dejar de exhibir la bandera europea en Downing Street (dicen las malas lenguas que por incomodar a un Clegg en horas bajas) y termina con esa Francia que desea recuperar fronteras en territorio comunitario, símbolos tal vez, pero que contribuyen a debilitar la credibilidad y reblandecen el núcleo de Europa, que a punto está de entrar en grave crisis por segunda primavera consecutiva.

Siempre habrá analistas que insistan en ver los rumores como una oportunidad para que Grecia empiece a recuperar su economía, ya sea mediante el abandono del euro (al que algunos ven como lacra) o mediante su permanencia en el mismo (como confirmación del voto de confianza de la UE). Claro está que la unión monetaria no puede subsistir a fuerza de transferencias eternamente. Tampoco puede permitirse perder a un miembro del equipo. Todos nos preguntamos, ¿hasta cuándo se puede confiar en ese equipo?  ¿Es Grecia el gran Apolo, perpetrador de seducciones con engaño? ¿Dónde se encontrará la senda del éxito colectivo para estas decadentes naciones europeas?