miércoles, 17 de septiembre de 2014

La estrategia europea en Ucrania

Parece una buena noticia, a pesar de que no aparezca destacada en la Sala de prensa del Parlamento de la UE. Casi diez meses después de las concentraciones en la plaza Maidan de Kiev, el Parlamento de la UE y el Parlamento de Ucrania (Rada) han sellado el Acuerdo de Asociación, de forma muy acorde con los tiempos. Mucho ha llovido desde las movilizaciones del invierno y la agenda política ha sido extenuante (vean aquí  con todo detalle los movimientos, acuerdos y desacuerdos políticos desde el día uno). 

El presidente Poroshenko insiste en ver en el acto de ayer un primer paso hacia la adhesión de Ucrania a la Unión Europea. Los tiempos cuentan, y por ello una de las concesiones “visibles” a Rusia, es que la aplicación de la zona de libre comercio con la UE no entrará en vigor hasta 2016, por tanto quedan quince meses para perfilar "diferencias". Otra ley aprobada ayer, menos visible para la prensa, es aquella por la que Kiev da mayor soberanía a las repúblicas de Donetsk y Lugansk, incluyendo amnistías para los rebeldes separatistas, elecciones autonómicas, relaciones comerciales con zonas limítrofes de Rusia y educación en lengua rusa.
Es muy probable que descienda el grado de conflicto comercial que viven Rusia y Occidente, porque las sanciones y bloqueos tienen costes mutuos. Se están cuantificando las pérdidas en el sector agrícola europeo, y las consecuencias negativas sobre consumidores rusos de esa espiral. La teoría económica es clara sobre los terribles perjuicios que causan las barreras comerciales sobre las economías, y la Eurocámara debate sobre las consecuencias de las sanciones.
A pesar de ello, la decisión de entrar en dicha guerra fue tomada de forma contundente por la UE, empezando por las sanciones selectivas a determinados nombres y empresas, y continuando por prohibir la venta de bonos a determinados bancos rusos. La prohibición de las importaciones de alimentos procedentes de la UE ha recibido no pocas críticas en casa, desde el sector agrícola, e incluso desde gobiernos, como el de Hungría y Eslovaquia. Por el contrario, Polonia tomó una posición muchísimo más beligerante, y pidió a la UE que denunciara a Rusia ante la OMC en relación con las barreras al comercio impuestas por los rusos. Lituania también se mostró favorable a las sanciones.
Algunos estudios calculan el daño que la crisis de Ucrania ha causado sobre la UE (un estudio de ING de finales de agosto cuantificó en 6.700 millones de euros las pérdidas por la prohibición, añadiendo que podrían perderse hasta 130.000 puesto de trabajo en la UE). Draghi no quedó al margen de la polémica, poniendo el acento en la influencia negativa en el euro de los riegos geopolíticos actuales. Por su parte, Rusia también ha sufrido las consecuencias de la guerra comercial. Se ha retirado inversión extranjera de Rusia y en agosto, el ministro de Agricultura anunció pérdidas debido a los subsidios adicionales al sector agrícola ruso.
Ante este panorama, y hasta la semana pasada, hubo un aluvión de encuestas publicadas sobre el sentimiento de la opinión pública en relación con esta crisis, llegando a la curiosa conclusión de que la mayoría de la población, de forma notable en Alemania , estaría dispuesta a entrar en conflicto con Rusia por defender una Ucrania europea.
Ahondando en la pregunta de partida que planteo, es importante ver qué estrategia tiene Europa, sin olvidar qué sentido tiene todo esto para Rusia. Aunque el gobierno ruso defienda que “no tuvo más remedio” que entrar en el conflicto para defender a los rusos ucranianos (ofreciéndoles incluso la ciudadanía rusa), lo cierto es que la ofensiva se inició cuando desde Moscú se presionó al gobierno ucraniano para que no firmara el Acuerdo comercial con la UE.
Más allá de los datos, tras la firma de ayer, hay que ver el cuadro en perspectiva y comprender por qué se ha llegado a esta situación. Ya en 2003, André Glucksmann, en Occidente contra Occidente, ponía en la picota la contemporización con la Rusia de Putin, por parte de Francia y Alemania. Los vientos de la historia en ocasiones nos traen reflejos del pasado. Rusia dejó una marca indeleble en la historia de muchos europeos.
Ese pasado totalitario y sus tics reviven con frecuencia. Memoria más reciente; el verano de 2008, Putin invadió Georgia, ante la pasividad de Occidente. Rusia reconoció entonces la independencia de Osetia y Abjasia, aunque con la complicidad del presidente de Georgia, cosa que no ha ocurrido en Ucrania. 

Se ha reafirmado en Occidente la desconfianza hacia Putin, y muchos analistas señalan su interés en mantener una tensión global constante. De hecho, el conflicto con Ucrania ha sido utilizado de forma propagandística desde el primer día por el gobierno de Moscú.
No dejo de tener la percepción personal de que Rusia se ha ido volviendo más hostil hacia Europa, desde que Polonia y países adyacentes se han instalado en posiciones muy proatlantistas, hasta el punto de poner a la OTAN "a los pies" de Rusia. En este sentido, las regiones prorrusas de Ucrania se han convertido en estandarte de ese viejo poder.
Moscú no ha aceptado el gobierno que salió de las protestas de Maidan (que, seamos fieles a la verdad, depuso al gobierno prorruso, que había sido electo en las urnas), y ha aprovechado su influencia política y cultural para fracturar Ucrania, un país que Occidente puso en el ojo del huracán de una forma algo torpe, tras la crisis desencadenada en noviembre de 2013.
Rusia acusa a Occidente, y Ucrania a Rusia, aunque el propio nacionalismo ucraniano ha desempeñado un gran papel en este polvorín que ha propiciado el expansionismo ruso, a cuenta de la (dicen) "ninguneada" minoría prorrusa del Este del país, al tiempo que la economía ucraniana no está para muchas alharacas, teniendo como tiene una dependencia brutal de la economía rusa. 

Ese cansancio y la crisis socio-económica explican que la mayoría de la población ucraniana ansíe un pacto comercial con la UE, con la vista puesta en una futura adhesión a la Unión Europea, con todo lo que ella implica política y socialmente. Rusia ha echado toda la carne en el asador, y tal vez Europa no esperaba tanto. El conflicto de Crimea ha sido un triunfo para la óptica rusa.
En esta tesitura, cabe hacer autocrítica, como ya señalé hace unos meses. La UE (o algunos de sus líderes) creyó que su liderazgo moral en Ucrania y el cambio de gobierno serían suficientes. Posiblemente hubo un error de cálculo, a pesar de que Putin no es una “amenaza” desconocida. Si es explicativa la variable del riesgo de situar a la OTAN a las puertas de Rusia, no menos relevante es que Rusia está en pleno proceso de integración regional, fraguando la Unión Aduanera Euroasiática, un espacio económico llamado a absorber a Ucrania, que, contradiciendo a Moscú, parece mayoritariamente dispuesta a llegar a ser miembro de pleno derecho de la Unión Europea. La firma de ayer es un tanto para la UE, pero el tiempo nos dejará el relato de las concesiones (que las habrá) a los intereses estratégicos rusos. Sigue siendo una batalla de valores contrapuestos. A Europa se le exige más en ese terreno, y un mayor grado de honestidad. Veremos.

* Fuente imagen: Demotix 

lunes, 15 de septiembre de 2014

La Comisión Juncker: equilibrio y símbolo


El nuevo gobierno europeo ya se ha configurado, casi cinco meses después de las elecciones al Parlamento. La Comisión es aquella institución pulcramente independiente y consagrada en exclusiva al interés común de la Unión.

Según Juncker, los comisarios renuevan el reto del Colegio de Barroso, poner en marcha la economía europea. Técnicamente hay cambios bastante sorprendentes. La nueva Comisión tendrá 7 vicepresidentes, llamados a tener autoridad sobre los comisarios. Esta importante novedad señala que son 7 las grandes áreas temáticas, dejando en evidencia el sinsentido de que exista un comisario por cada Estado miembro.

Uno de los vicepresidentes viene por mandato expreso del Tratado, es la Alta Representante de Exteriores (Mogherini). Pero esta vez, Juncker ha designado a un vicepresidente primero (Timmermans), responsable de la rama legislativa y las Relaciones entre instituciones, quien, a su vez, tendrá supremacía sobre los otros seis. Cada una de esas seis vicepresidencias será responsable de un gran proyecto europeo (mercado único digital, unión energética, unión presupuestaria, etc.)

Para Juncker la responsabilidad política es más importante que la administrativa, y por eso se espera un carácter más potente en las decisiones y una mayor movilización en la comunicación política de este organismo.

El lema de Juncker es que lo accesorio debe suprimirse, aunque su interpretación personal de la frase es que la UE solo debe consagrarse a lo imprescindible. Es la reedición de una frase que Barroso pronunció en varios de sus discursos, que venía a decir que la UE sólo actuará “cuando sea necesario” y los Estados “cuando sea posible”. Para entendernos, Juncker tiene una obsesión por regular “poco y bien”.

A efectos prácticos, lo más llamativo por ahora es que esta nueva Comisión la firmar cinco ex primeros ministros, con éxitos reconocidos en sus respectivos mandatos, siendo además de Estados miembros pequeños. Ellos son los que ostentan las seis vicepresidencias mencionadas.

Se ha dicho que ello es un guiño a a la meritocracia. El hecho es que se da mayor relevancia a los países pequeños, al tiempo que los grandes (léase Francia, con Moscovici en Finanzas, y Alemania, con Oettinger en Economía y Sociedad Digitales) se llevan las carteras de mayor enjundia, porque hay 27 carteras (más el Presidente), tantos puestos como Estados miembros. Nada es casual, y no se nos debe escapar que no hay 28 materias políticas relevantes, pero que ningún gobierno está dispuesto a renunciar a estar representado en la Comisión. Por si fuera poco, se ha de mantener un cierto equilibrio en cuanto a la representación del género, aunque finalmente solo hay 9 mujeres en la Comisión Juncker. Ningún nombramiento es fruto de la casualidad.

El Parlamento Europeo votará el Colegio de Comisarios en su conjunto, ergo probablemente ningún nombre caiga de la lista final.

A finales de octubre tendremos el veredicto de la Eurocámara, aunque lo relevante es ir viendo si esta novedad es decisiva y no se queda en un simple cambio simbólico. Cabe ver si estas vicepresidencias son realmente operativas y configuran un gobierno europeo de carácter federal.

jueves, 31 de julio de 2014

En busca del arca perdida

Hoy inicio un pequeño lapso vacacional, y a la espera de tener las fotos y la publicación oficial (prometo publicarlo a la vuelta) quiero dejar constancia de que hace ya un par de semanas tuve el honor de participar como ponente en el curso de verano de la Universidad del País Vasco, convocada por Eurobask, en el Palacio Miramar de Donostia. Faltan palabras para describir el marco único, acogedor y con vistas espectaculares a la bahía de la Concha. Y sobre todo, el reto de exponer ante un estupendo y diverso público. Destacable presencia estudiantil, jóvenes interesadísimos a lo largo de la jornada, que aportaron una batería de preguntas y cuestiones extensas en la ronda de debate. Todo un reto para mí. Me siento feliz por haber compartido esta experiencia, y por haber aprendido tanto de mis contertulios: los profesores Iñigo Bullain y José Antonio González Alcantud, así como de Joao Diogo Pinto, actual presidente del Movimiento Europeo Internacional.

Os dejo un pequeño extracto de mi presentación, a la espera de poder compartir con vosotros la publicación completa del programa. 


 “Europa frente a los europeos: populismo, deseducación y ¿muerte de la política?”


Hace unos meses me invitaron a participar en este curso de verano, para contribuir a la reflexión sobre los problemas que Europa genera en el ciudadano, la sensación de cierto rechazo, la deseducación, y la desinformación, o incluso el exceso de sesgo en la información política.

Es importante realizar un análisis con honestidad y con capacidad de crítica sobre la Unión Europea y el momento crucial que vive. Es un logro a valorar positivamente que hoy el debate europeo tiene mayor amplitud y cada vez se centra más en las inquietudes de los ciudadanos. Ahora bien, los fenómenos que estamos viviendo ahora no son tan nuevos. Recordaremos, por ello, algunos hechos puntuales de nuestra historia reciente.

En mi intervención dejo constancia de que se está dando demasiada relevancia al fenómeno del populismo. Vemos en qué consiste ese populismo, y tratamos de ver cuáles son sus claves y matices (analizando las distintas fuerzas por espectro ideológico y por países), preguntándonos también por qué cada cierto tiempo resurge el extremismo.

En esta coyuntura, es muy  fácil denunciar que la UE es una organización ineficaz, no sólo incapaz de corregir la crisis, sino incluso responsable de la decadencia económica de los Estados miembros. Sin embargo, vemos la paradoja y la incongruencia en el discurso de los que se muestran contrarios a la integración europea. No parece que los líderes europeos hayan renunciado a la soberanía nacional para debilitar a los propios europeos. Este argumento se desmonta por sí solo, como la mayor parte de las tesis euroescépticas.

Valoramos también el papel de la opinión pública y por qué hay ciertos grupos receptivos a algunos mensajes, incompatibles con la realidad del mundo globalizado en el que estamos inmersos. Cabe distinguir entre el argumento económico y el argumento identitario, pero ambos entroncan en la eurofobia y tienen una dinámica negativa, debilitadora de las instituciones y de los mecanismos que la UE ha ido generando para crear la zona de libre circulación, y de derechos y libertades, más grande del mundo.

Por ello, planteamos un nuevo marco de debate en Europa para afrontar este reto, siendo autocríticos, y reconociendo las limitaciones. No ignora mi reflexión la importantísima batalla y el gran reto que afronta Europa en los próximos años, que no es otro que la desaparición de los paraísos fiscales, un elemento de transparencia que puede ser muy vertebrador en una Europa con tendencias desintegradoras.

Una parte de la intervención se destina al examen de conciencia, valorando las cosas buenas que nos ha aportado la UE. Para ello es útil trabajar con documentos, como el Informe Sapir y los datos que arrojaron sus conclusiones, ya hace unos años, pero que siguen muy vigentes. Hay que aplicar correcciones que ya se apuntaban entonces.  

Vamos a reivindicar el sueño de Europa, partiendo de que la UE se sitúa en un punto de equilibrio entre los dos grandes extremos globales, del individualismo norteamericano y el colectivismo asiático.  

En este contexto, el auge euroescéptico puede ser una oportunidad, hay que analizar muy bien cómo reaccionan los partidos mainstream, y si se produce algún tipo de crisis institucional, denunciando lo limitado del papel del Parlamento Europeo y criticando también la tarea desarrollada por el Consejo y la Comisión, puesto que todo ello es muy susceptible de crítica constructiva.

Presento una serie de contraargumentos para desmontar las tesis euroescépticas. En resumen, la UE no coarta la libertad, no es un monstruo burocrático regulatorio, el tribunal juega un papel esencial en la defensa de los derechos de los ciudadanos, y presentamos una serie de logros europeos objetivos, elementos que han mejorado la capacidad competitiva de los Estados miembros de la UE en un contexto de fuertes presiones mundiales.


Finalmente, me refiero a la necesidad de recurrir al federalismo para reforzar la naturaleza democrática, y mejorar la eficacia política y económica de la UE; por tanto, desde el prisma del euro, y desde el prisma de la democracia deliberativa. Esto concluye con una reflexión sobre hacia dónde debe dirigirse el futuro de la Unión, un proceso llamado a estar liderado por la generación más europeizada de la historia. 

miércoles, 9 de julio de 2014

La autonomía financiera de la UE: el caso del Impuesto sobre Transacciones Financieras

Hace algunos días, estuve revisando varios de los proyectos que me traigo entre manos, para charlas, documentos de estudio, etc. y recuperé una idea que trabajé bastante años atrás, relacionada con la autonomía financiera de la Unión Europea. La idea del federalismo fiscal y los recursos propios siempre ha estado entre mis intereses académicos.

A partir de ahí, hice un pequeño estudio, y os dejo aquí un extracto (no demasiado profundo) sobre cómo podría incorporarse el Impuesto sobre Transacciones Financieras en los recursos comunitarios.

El Tratado de Lisboa (art. 311) señala como objetivo dotar de autonomía financiera a la UE para poder realizar sus fines. La realidad es totalmente distinta. Para que la Unión Europea pueda llevar a cabo sus fines ha de obtener capacidad de financiación suficiente, y para ello ha de redefinir sus fuentes de ingresos. El Parlamento Europeo ha emitido múltiples resoluciones insistiendo en que los ingresos son insuficientes y ha puesto de relieve los problemas del sistema de recursos propios. Actualmente, existe un grupo de alto nivel, formado por miembros del Parlamento, el Consejo, la Comisión y los parlamentos nacionales, pero no va más allá de un diálogo inconcreto. El Parlamento ha solicitado, de forma reiterada, que se eliminen los mecanismos de corrección, que se activen nuevos recursos, que se cree un sistema autónomo y transparente.
Para instaurar nuevos recursos, el Consejo debe decidir por unanimidad, a pesar de necesitar, por añadidura, el consentimiento del Parlamento.

El meollo de la cuestión es la cantidad, y el escollo insalvable hasta la fecha, es que el monto total de recursos propios disponibles lo decide siempre, y de forma unánime, el Consejo, es decir, los Estados miembros.
El asunto de los recursos y su cuantificación es relevante en grado sumo. La UE dispone de algo más del 1% de los recursos (de la RNB media), mientras que en Estados Unidos, el gobierno federal recauda prácticamente el 16% de su PIB.

Una vez superada la etapa más virulenta de la eurocrisis, es momento de emprender la reforma a fondo, de un modo particular, en la zona euro. Y me circunscribo a la zona euro, porque la Unión Económica y Monetaria debe emprender la senda de la unión política, una vez establecido el diagnóstico de sus errores de concepción. La Unión Bancaria es el reto inmediato, e implica la transferencia del poder de control que actualmente tienen los gobiernos nacionales sobre las entidades bancarias. Ese nacionalismo bancario es una de las causas de la crisis y la virulencia especulativa que se ha desencadenado en los últimos cinco años en torno a los Estados periféricos (entiéndase por periféricos aquellos países en peor situación económica y con mayor nivel de endeudamiento), conocidos comúnmente como acreedores. Miembros notables (sus presidentes) del Parlamento Europeo y del Banco Central Europeo han denunciado ya las dificultades que se están presentando para el diseño de la Unión Bancaria, vaticinando que un mal diseño sería más pernicioso que su “no-existencia”. 

El trasfondo es el recelo ante la cesión de la soberanía sobre la banca, que hasta la fecha ha supuesto que los Estados han tenido un colchón para asegurar las finanzas públicas. 


La dinámica de los rescates y la recapitalización bancaria ha sido buena prueba de ello.
La Unión Bancaria está llamada a concluir la resolución de las entidades no viables y a liberar al contribuyente de esa socialización de pérdidas (o distribución de recursos a la inversa) que se ha venido produciendo. 

Bien, el proyecto de la Unión Bancaria es un preámbulo (debe serlo) a la Unión Fiscal, elemento vertebrador de las uniones monetarias que han sido viables y sostenibles.
Dicha Unión Fiscal se sustenta sobre un sistema redistributivo y un presupuesto con capacidad anticíclica, para corregir las asimetrías derivadas de la pertenencia a un mercado único, y específicamente, a la UEM. La no existencia de estos mecanismos, exacerba las diferencias económicas entre territorios y favorece los ataques especulativos desde el ámbito financiero. El diagnóstico ya se ha establecido claramente.

Por eso, tantas voces, piden una reforma de los tratados de la UE, para permitir que esos mecanismos supranacionales se puedan generar, ya que quedan lejos de las posibilidades “constitucionales” actuales.

El Parlamento Europeo se sitúa, en este escenario, de carácter netamente federal, como institución clave en el sentido legitimador.
El actual instrumento presupuestario es el Marco Financiero Plurianual 2014-2020, y en el marco de sus negociaciones, el PE se ha manifestado partidario de integrar la política fiscal de la UE a través de este instrumento, a partir de la reforma de los recursos propios. La Comisión apoya esta reclamación y propone la creación de un nuevo recurso propio comunitario, sea el IVA europeo o el Impuesto sobre Transacciones Financieras (ITF). El objetivo último es eliminar las contribuciones nacionales.
Según estableció el Libro Verde de la Comisión (diciembre 2010), el IVA europeo requerirá en primer lugar de una armonización del IVA en toda la UE. Posteriormente se aplicaría un impuesto IVA europeo sobre los ingresos que obtenga cada Estado miembro en concepto de IVA, aunque este presenta muchos problemas de implementación y cálculo.

En cuanto al ITF, parte de la concepción moral de que el sector de las finanzas debe contribuir a financiar el coste de la subsanación de los daños económicos causados por su desregulación. Por si fuera poco, recordemos que las actividades financieras están exentas de IVA, y en el caso del ITF se barajan tipos impositivos bajísimos, entre el 0,01% para la compraventa de derivados y el 0,1% para las acciones). Además, el impuesto, coordinador a nivel de la UE, facilitaría la creación del Mercado Interior en el ámbito de los servicios financieros, actualmente sujeto a grandes distorsiones.

Este impuesto se impulsa desde el G20, y la UE se posicionó a su favor en el Consejo Europeo de junio de 2010. La “financiarización” de la economía subyace en el estallido de la eurocrisis, y tiene como consecuencia la intervención pública para salvar de la quiebra a numerosas entidades financieras.
La posición inicial del Consejo es que cada Estado aplique el impuesto, ahora bien el Eurogrupo, en marzo de 2011, propuso la creación de un ITF a escala Eurozona, y el Consejo Europeo de esa misma fecha, propuso impulsar ese impuesto para el conjunto de la UE. El Parlamento Europeo, también en 2011, aprobó un informe proponiendo el ITF a escala europea, lo que ha ido desatando la oposición intensa de algunos Estados miembros.

A día de hoy, este impuesto no se ha introducido, aunque la Comisión todavía trabaja para incluir este recurso en el MFP 2014-2020, pero para ello habría que acelerar la tarea legislativa. Se estima que hasta 2018 no podría estar operativo.
Para poner en marcha el ITF, habría que:
i)              definir una base armonizada;
ii)             establecer un sistema de supervisión;
iii)            fijar criterios: los sujetos pasivos (instituciones financieras), el sistema de recaudación (lo ideal es que sea de forma automática en los intercambios), la base imponible (lo más amplia posible, a partir de la cantidad de intercambios), el tipo impositivo (uniforme en toda la UE, y discriminando en función del producto financiero, para favorecer un comportamiento más virtuoso o moderado en los mercados financieros), etc.
La introducción de este impuesto tendría un doble efecto deseable: la obtención de nuevos recursos para financiar políticas de desarrollo económico y social, y un incremento de la legitimidad de la UE desde el punto de vista del ciudadano.

Ahora vamos con los problemas, no técnicos (que los hay), sino jurídicos, para la introducción de este nuevo recurso propio.

En mayo de 2012, el PE emitió un dictamen favorable al ITF (487 a favor, 152 en contra y 46 abstenciones), aunque el Consejo mostró su oposición. De hecho, han sido once los Estados miembros favorables a su introducción (España entre ellos), y han pedido la autorización a la Comisión para aplicarlo.

Lo más interesante de todo esto, es que estos once Estados han pedido a la Comisión permiso para iniciar un proceso de cooperación reforzada (CR). En ese caso, los miembros de la CR podrían aplicar una tasa común. La Comisión ha autorizado la CR, ya que se superan los 9 Estados miembros que exige el Tratado, y el Parlamento Europeo también lo ha hecho. En julio de 2013, el PE adoptó una resolución legislativa a partir de la propuesta de Directiva para la implementación de la Cooperación Reforzada en el Impuesto sobre Transacciones Financieras (COM(2013)0071).
La Cooperación Reforzada es un mecanismo interesante, pero en el caso de los recursos propios presenta un grave problema operativo, puesto que si no va aparejado a una herramienta presupuestaria y a una política fiscal común, o de carácter federal, difícilmente podrá ese recurso servir a los fines correctores para los que se concibe. 

Ahora bien, el gran peligro de la CR es la incidencia del impuesto (sólo los actores de algunos Estados miembros soportarían la carga final del impuesto), y también la posible deslocalización de entidades financieras hacia otros Estados, creando distorsiones económicas. Por ello, es esencial la armonización de este impuesto. Dado que la propuesta se ha de aprobar por unanimidad, y ante un previsible rechazo del Reino Unido (valedor de los intereses de la City londinense) y otros, se deben explorar otras vías para su implementación.

En el caso de que se probara que el impuesto crea distorsiones en el seno de la UE, este sería ilegal, y por tanto inaplicable.

En este sentido, es necesario profundizar en los tratados. Desarrollar a fondo la posibilidad de que el Parlamento Europeo tenga capacidad, más allá de la codecisión (TFUE; art. 294)  que es el actual procedimiento ordinario (TFUE; art. 289) para la adopción del presupuesto (TFUE; art. 314) y en: inmigración, cooperación judicial penal y policial, y, de forma más limitada, en política agrícola y comercial (además se requiere la aprobación del PE para los acuerdos internacionales en los ámbitos citados, TFUE; art. 218). La codecisión, a menudo, ralentiza la adopción de las leyes, y dado que generaba conflictos en el ámbito de la comitología, fue reemplazada por los actos delegados, sobre los que el Parlamento tiene poder de revocación (TFUE; art. 290). Con todo, es preciso superar las cotas actuales de autonomía del Parlamento Europeo, especialmente en lo que atañe a la implementación de nuevos recursos propios, de modo que su dictamen favorable se traduzca en una presión que fuerce a la aplicación de la tasa en todo el territorio de la UE. Lo idóneo sería que las resoluciones del Parlamento Europeo relativas al presupuesto fueran de aplicación automática, pero para ello la reforma de los tratados debería ser de gran calado y profundidad, y otorgar un protagonismo pleno en el ámbito legislativo a la Eurocámara.

Es algo necesario, no sólo para los fines políticos de la UE, sino para la credibilidad del sistema y la creación de una verdadera democracia europea. La necesidad de la reforma, en el ámbito presupuestario, es evidente. Los Estados retienen demasiado poder, alterando el sentido de las negociaciones. En este sentido, dado que el Tratado formaliza los poderes y configuraciones institucionales, y dado que la codecisión se ha mostrado como un mecanismo insuficiente, la reforma del Tratado sería el formato idóneo para redefinir los poderes de la Eurocámara. Por cierto, el Parlamento puede proponer al Consejo la reforma de los tratados, mediante un proceso de revisión ordinario o simplificado (TUE; art. 48). En cuanto a la agenda para la implementación del ITF, la Comisión ha sido el último actor institucional en manifestarse, en febrero de 2014 A partir de aquí, los once Estados miembros implicados votarán y pactarán la correspondiente Directiva, que en todo caso queda lejos del proyecto inicial de armonización propuesto inicialmente en 2011.

Imagen: The Economist



lunes, 7 de julio de 2014

Tributo

Por fin he podido encontrar unos minutos para una reflexión y homenaje necesarios. Me pilló la noticia en Inglaterra, fue el pasado 25 de junio cuando mi buzón de entrada me puso sobre aviso. Recuerdo con exactitud la sensación de recibir una sucesión de alertas del whatsapp. He de agradecer a nuestra amiga común, Martha Mackay, quien me ha mantenido al día de la situación, con mucho cariño y respeto, y también a mi compañera en el grupo de investigación EuGov, Ana Mar Fernández, por sus palabras. La última ocasión que hablé con Francesc fue un miércoles de mayo por la noche, cuando me propuso ir a sustituirle en un acto en Sabadell. Tuve que decirle que no por la dichosa agenda de compromisos. Y esa conversación sigue hoy grabada a fuego en mi mente… pero así se teje la vida, con decisiones pequeñas, y con la labor de una conciencia que nos lanza toques de atención. Así evolucionamos, y entendemos que tomar decisiones es elegir, y que ello conlleva un precio.  

Todos conocíamos sus problemas médicos, pero lo veíamos tan fuerte, con tamaña voluntad, que era imprevisible que este verano ya no lo pasara aquí. Habíamos planeado presentarnos a un congreso internacional de GIGAPP en octubre en Madrid. De hecho, fue él el que instigó nuestra participación y me puso sobre la pista. Es sólo una muestra de ese espíritu de trabajo que le caracterizaba, y de esa voluntad de hierro. Recuerdo en octubre de 2013, un encuentro en la biblioteca del CDE, en nuestra querida Autónoma, donde comentábamos cada uno de los detalles de mi tesis. Ahí se podía percibir ya su dolor físico y su sufrimiento. No dejaba de admirarme su valentía, hacer el esfuerzo de acercarse a la Universidad, atender a los alumnos, dar clases, corregir con pulcritud, mimando cada uno de los detalles, cambiando hasta comas de lugar. Mi admirado Doctor Francesc Morata, quien ha sido mi director de tesis, mentor y referente académico, ya no está con nosotros.

Hace ya un año y medio que ganamos juntos un premio de investigación. De ese trabajo todavía nacen frutos. Se hacen nuevas publicaciones, me proponen nuevas conferencias. Apenas hace tres meses que defendimos juntos mi tesis doctoral. Me considero afortunadísima y privilegiada por haberlo conocido, por haber trabajado con él, y por el montón de enseñanzas que me deja. Sigo aprendiendo de sus textos, de sus libros, de sus análisis y de sus múltiples comentarios. Centenares de correos electrónicos y de anotaciones en mis libretas. Recuerdo un día cómo se sonrió cuando vio la cubierta de mi libreta verde donde reza: “ni una palabra de esto a nadie”… ese humor sutil y su complicidad, y su clase y su elegancia. Qué decir. A nadie se le ocultaba su personalidad única, su capacidad de saber vivir bien, de apreciar lo bueno, había recorrido todo el mundo, y así se dejaba entrever en cada una de sus conversaciones, su don de lenguas, su capacidad de empatía con los alumnos… se me queda corto el espacio de este blog, pero en mi interior sé muy bien cuánto valoro lo que el Dr. Morata me ha ofrecido en esta vida.



Por fortuna, pude llegar a tiempo a su funeral, el sábado 28 de junio. Un acto discreto y sobrio, como era Francesc, elegante, donde sonaron apenas dos piezas, una de jazz y un bolero sobre la ausencia, que activó el lagrimal de los presentes. La elegancia de su hijo Tilman, de su familia, las palabras en italiano, francés, catalán y castellano de personas que dejaron testimonio de sus distintas facetas, la académica, la familiar, la viajera, la humana, la política, y, la europeísta. Ahí está el gran legado europeísta del Dr. Francesc Morata. Para siempre. Y como escribí en un blog para honrar su memoria, espero que encuentre un destino de luz en la otra vida. Bon viatge, benvolgut Francesc!

viernes, 23 de mayo de 2014

#EP2014 Las elecciones en marcha


Como observadora cotidiana, en las redes, y en las calles, he percibido que los ciudadanos tenemos algo en común, queremos una Europa más eficiente, que nos aporte algún beneficio concreto. El Parlamento Europeo es un buen instrumento para presionar y exigir una UE que funcione, que sea útil. 

A pesar de ello, muchos ciudadanos se abstienen y se alejan voluntariamente de tomar parte en la democracia europa. Hoy estamos en plena ebullición del llamado espacio público europeo. Aunque muchos medios ninguneen las elecciones y los partidos sigan campañas de perfil bajo en algunos Estados, la ciudadanía va por delante, por lo menos en cuanto a opinión, sea crítica con el proceso o no. 


A mí me llama poderosamente la atención que, ante unas elecciones paneuropeas, los líderes europeos ni siquiera hayan sido capaces de ponerse de acuerdo en los aspectos formales de la votación. Vean aquí datos muy claritos sobre la disparidad en los sistemas electorales de los Veintiocho. 

Las normas nacionales se imponen en unas elecciones de ámbito europeo, en las que además, por primera vez, la lista más votada se debe traducir en el nombramiento de un candidato a presidente de la Comisión.

En toda lógica, y más que nunca, el sistema electoral debería ceñirse a criterios comunes, no por la mera uniformidad, sino para que la Eurocámara siga unas normas de representatividad que se ajusten a un sistema de gobierno parlamentarista, como es la aspiración de la UE.

También son cuestionables las diferencias en las fechas de convocatoria, y otras características dispares, como que en algunos países sea obligatorio votar (Bélgica, Chipre, Grecia y Luxemburgo). Si en España se mantiene esa peregrina costumbre de la jornada de reflexión, en otros países optan por interrumpir las jornadas laborales para ejercer el voto, lo que también supone una distorsión y altera los índices de abstención, si nos atenemos a criterios puristas (los permisos de trabajo para ejercer el voto pueden inducir a ejercerlo a un supuesto abstencionista). 

Lo más relevante es el filtrado de datos que, por fuerza, da al traste con el sentido de la jornada de reflexión y puede producir efectos no deseados, como la filtración de encuestas israelitas o incluso la consecuente desmovilización de algunos votantes. 

Este tipo de detalles altera la simetría del ejercicio del voto, desvirtúa la elección y hacen un flaco favor, a mi juicio, al rigor que exige la convocatoria de unas elecciones al Parlamento Europeo.

Nos guste o no, ya se ha empezado a votar. 

Ayer lo hicieron Holanda y Reino Unido, que además son dos de los países donde los sondeos daban más fuerza a los partidos euroescépticos. Hoy lo hacen irlandeses y checos. Mañana otra tanda de checos, más eslovacos, malteses y letones. Todos los demás estamos convocados a urnas el domingo. Aunque, no pierdan detalle, los horarios de votación son bien heterogéneos. Tendremos que esperar a que Italia cierre los colegios electorales, ¡atención!, a las intempestivas once de la noche, para poder empezar a mostrar resultados de recuento oficiales. Larga jornada, en un país, por cierto, nada proclive a trasnochar.

Por si fuera poco, anoche ya se filtraron algunos resultados de Holanda, a pesar de que la Comisión manifestó su oposición a ello.

Para alivio de la Comisión, y de casi todos, la buena noticia es que el partido eurófobo de Wilders ha perdido las elecciones europeas, ya que el PVV ha caído al cuarto lugar en apoyo (12% de los sufragios), según sondeos de IPSOS publicados ayer en la televisión holandesa. La participación se ha mantenido con respecto a 2009, alcanzando un pobre 37%.

El Reino Unido ha respetado escrupulosamente la costumbre de esperar al domingo para mostrar resultados y sondeos. Por cierto, una anécdota para tuiteros, los británicos no permiten realizar fotografías dentro de los colegios electorales. Bien, lo de colegios electorales es un decir, a la foto me remito: sólo los ingleses pondrían una urna electoral en un pub... ;-)

Decía que en el Reino Unido no se permite foto en el interior del sacrosanto lugar donde se ejerce el acto del voto, por lo que la reciente moda de los #selfievote que se estrena en esta convocatoria, ha estado vedada a los británicos. Nos han llegado algunas fotos de votantes holandeses, a pesar de que el Ministro de Interior holandés aconsejó a los ciudadanos que no cayeran en esa tentación.

Estén atentos, puesto que en España no está permitido mostrar fotos con una determinada papeleta en jornada electoral, dado que está "prohibido" pedir el voto de forma expresa, así que si se deciden a caer en el #selfie, háganlo con el sobrecito bien cerrado. 

Y sepan que sesudos estudios indican que la gente es mucho más proclive a votar si ve a sus amigos ejerciendo el voto. ¿Quién lo iba a suponer? 

Bromas al margen, siempre he pensado que no se pueden desperdiciar las ocasiones en que a uno le dan la opción de elegir. Esta elección es importante, es diferente, y es una de las pocas ocasiones (aparte de Eurovisión) en las que los europeos podemos hacer algo a la vez. En este caso, el silencio es una opción que no mejorará las cosas, ni siquiera las cambiará.

El Tratado de Lisboa le ha dado más poder al Parlamento, pero también a los Estados, que podría entrar en una carrera por la recuperación de competencias y un retroceso en la integración, muy peligroso para todos, lleno de incertidumbre y debilidades, ante una inminente negociación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, y las cuestiones que plantean las relaciones de la UE con Rusia, en términos económicos también, y por supuesto, la finalización de la unión fiscal, para asegurar la viabilidad y seguridad del euro. 

El Parlamento Europeo no es responsable de la decadencia económica de la UE. Pero un Parlamento Europeo fuerte y legitimado permitirá que Europa trabaje a favor de todo aquello que necesita para ser más fuerte, la unión fiscal, la unión política… si la UE es el modelo de integración regional económica más admirado, demos ejemplo y demostremos que podemos ser el primer modelo de integración política en el mundo. Votemos el domingo.



* Picture from Gilles Goodall

miércoles, 30 de abril de 2014

Europa 3.0


Aunque parezca aburrida, la política europea es apasionante, con su aparente complejidad. Os puede "enganchar", todo es cuestión de ponerse... Así que, aprovechando la proximidad de las elecciones europeas, os presento un libro ameno y de fácil lectura, donde gente muy diversa habla sobre los retos que afronta Europa. 


Gracias a Ideas y Debate, he tenido el placer de poder participar en este libro, con una pequeña contribución. 


Os lo podéis descargar de forma totalmente gratuita AQUÍ.

martes, 29 de abril de 2014

Viva los debates presidenciales

Ya llevamos dos. La campaña electoral europea está adquiriendo un nuevo giro bastante imprevisible. Recordemos que hace un par de meses todos los análisis se centraban en el auge de los extremismos y las fuerzas euroescépticas. Hoy, el mundo mediático está "europeizado", como lo está la nueva generación de votantes. No sólo por las redes sociales, sino por el giro de tuerca que han dado los discursos de las fuerzas políticas más centradas. La prensa tradicional está tardando en reaccionar, pero la ciudadanía va muy por delante esta vez (el debate de ayer fue TT en la mayoría de Estados miembros).

Ayer tuvo lugar el segundo gran debate entre los principales candidatos a presidir la Comisión Europea durante la próxima legislatura, auspiciado por euronews. Si bien el primero fue un cara a cara entre el socialista Schulz y el popular Juncker en la televisión francesa, el de ayer incorporó al liberal Verhofstadt y a la ecologista Keller. Obsérvese que los adjetivo, y que ello no es anecdótico, puesto que si algo destaca del debate de ayer, es el empeño de cada uno de los líderes por resaltar sus diferencias ideológicas y por establecer visiones contrapuestas sobre lo que debe ser la Unión Europea.


La buena noticia es que estas cuatro fuerzas se aproximan a lo que se conoce como federalismo europeo, coincidiendo también en su defensa del espacio Schengen a carta cabal. Ello marca su primera gran diferencia con las fuerzas populistas. Ahora bien, hubo pelea dialéctica, algo totalmente nuevo en este ámbito. Por fin, se han dado cuenta de que un discurso demasiado homogéneo también desideologiza el debate y amenaza con hacer peder fuelle al interés que está ganando esta contienda electoral.


El interés genuino de los candidatos debe responder a la necesidad de provocar en el votante una reacción rápida, que además ha de ser contundente, para superar, no tanto la oleada nacionalista o eurófoba, como la superación de esos intereses particulares, la confrontación entre Estados y el alejamiento de esa idea de la UE democrática, que supere muchos de los límites, bastante arbitrarios, y de los temores, que existen.


El intento de los líderes por fijar diferencias, que se visualizó ayer por primera vez de forma muy clara, va en la buena dirección para que la ciudadanía despierte del letargo. Lo que empiezo a notar es que la gente percibe que la Comisión Europea es algo politizado, que van a votar a una lista y que eso tendrá implicaciones, y que lo que está en juego es cómo se va a liderar Europa. 


¡Adelante! Este planteamiento del debate precisamente deja KO a los euroscépticos, que no presentan ninguna alternativa estimulante, sino que sólo ofrecen el pasado, el vacío, la imposibilidad de una Europa unida. 


martes, 8 de abril de 2014

La UE será inviable… si mantiene el statu quo

La acuciante crisis del euro nos ha dado un respiro, pero el problema subyacente en nuestras economías es el desempleo, que todavía no se está afrontando de forma realista. Es decir, la reducción del tipo de interés (euro) y la imposición de medidas de contención presupuestaria (austeridad) no tiene traducción en la corrección del paro. Ahora bien, el desempleo es solamente la somatización de una economía que no crece. Siempre se habla del gran drama del desempleo juvenil, aunque no es exclusivo de la zona euro ni es un problema nuevo. De hecho, entre 1991 y 2012, la tasa de desempleo juvenil mundial sólo aumentó un 1%, del 11,7% al 12,7% (ILO,Trends Econometrics Models, April 2012).
Hace décadas que el mundo se comporta como un sistema económico único. De hecho, existe una tendencia mundial al aumento de las exportaciones, pero el desempleo sigue siendo un problema. El discurso simple achaca la destrucción de puestos de trabajo a las exigencias de productividad. Hay una presión en ese sentido, pero no afecta solamente al desempleo, sino también a la inversión. Los capitales se mueven entre las fronteras, pero esto no parece traducirse en inversión directa, lo que hemos convenido llamar “economía real”. A nadie es ajeno que el crecimiento de los capitales ha sido más rápido que el de la economía, afectando al sistema de distribución y reparto de la riqueza. Esto se ha traducido directamente en menos oportunidades laborales.
El fenómeno, lejos de afectar a todo tipo de personas (trabajadores más y menos cualificados) acaba revirtiendo en una reducción de las Rentas Brutas Nacionales, dado que los gobiernos tienen a crear sistemas de subsidio, para sustentar artificialmente a aquellas personas que quedan fuera del sistema económico. Este círculo vicioso está en su apogeo y nos indica que vamos en la mala dirección. El endeudamiento de los gobiernos sigue ahí, incapacitándolos para contribuir al estímulo económico, mientras esperan, con impotencia, que desde el sector privado surjan nuevos modelos económicos. Se llenan la boca con el espíritu empresarial y animan a los ciudadanos a ser emprendedores, pero el común de los mortales, jóvenes y no tan jóvenes, se encuentra con los bolsillos vacíos y sometido a un sistema fiscal, cuanto menos cuestionable, sin acceso a financiación. Los gobiernos consideran un éxito haber reducido la lacra de los intereses sobre su propia deuda, pero esto no ha tenido una traducción real sobre el ciudadano de a pie.
Algunos aprovechan esta coyuntura para reivindicar que el capitalismo está en crisis, clamando incluso por la revolución total. Es innegable que el capitalismo ha sido el único sistema que ha propiciado la integración social de la que hemos gozado hasta ahora, con sus imperfecciones y contradicciones. Corresponde a los economistas relatar por qué el capitalismo genera esas crisis cíclicas, y también por qué a menudo fracasan los intentos de los Estados por constreñir al sistema, mediante la manipulación de los tipos de interés, los impuestos o determinado diseño del estado del bienestar. Los gobiernos están legitimados mediante las urnas, aunque precisamente en contextos de crisis prolongadas, como la actual, existe una crisis de representatividad.
La realidad económica funciona como un subsistema paralelo al estatal, acogotando a la ciudadanía, y generando una simpatía por lo revolucionario. Muchos de los movimientos de protesta callejera y los votos de extrema derecha se conectan en su deseo de romper el sistema, ante la percepción de que ha imperado un capitalismo “estatista”, aunque unos sitúen en su diana particular a la clase política y otros se decanten por el gran capital o la banca. Esa incomodidad se percibe en el desconcierto que destilan los sondeos, no solo de cara a las próximas elecciones europeas de mayo, sino en los procesos electorales que se vienen produciendo en Europa en los últimos dos años, con un aumento de las posiciones extremistas, a pesar de que los partidos centristas de derecha y de izquierdas mantienen los gobiernos, habitualmente formando coaliciones moderadas.
Hoy estamos en el momento clave políticamente hablando. El sostenimiento del euro ha sido el único gran objetivo económico en la agenda política europea durante esta legislatura. A la vista está que ahora la agenda ha de dar un paso más, y no rendirse a la complacencia, porque la estabilidad monetaria no es más que el suero que permite la subsistencia del enfermo anémico, pero en modo alguno garantiza su buen estado de salud.
Ahora llega el momento del nervio, un nervio político, entendido como coraje para unir las economías europeas y crear un gran mercado único, donde las empresas y los ciudadanos puedan prosperar con las mismas posibilidades, vengan del país que vengan, donde desaparezca el dumping fiscal que favorece a algunos capitales y gobiernos, pero no a la economía productiva ye empleo; donde se fulmine el secreto bancario que enriquece a unos pocos; donde no existan las diferencias en el acceso al crédito entre ciudadanos europeos; ni se produzcan los abusos sobre los sistemas de bienestar; ni unos paguemos más IVA que otros; ni, por supuesto, se pueda expulsar a un ciudadano comunitario de un Estado miembro por encontrarse desempleado, como sugiere el gobierno alemán, etc.
Se trata de fallos políticos debidos a las diferencias regulatorias existentes entre los distintos Estados miembros de la UE. Por decirlo de una forma llana y simple, la llamada gobernanza fiscal europea no va más allá de las políticas austeridad, y esto genera un sistema totalmente injusto, que favorece el comportamiento depredador, ejercido tanto por grandes capitales, como por ciudadanos normales (abusos sobre el sistema de bienestar social, a veces de otro Estado miembro). Esta actitud free-rider, de forma contraintuitiva, perjudica sobre todo a la periferia, sometida a las devaluaciones internas e incapacidad de competir fiscalmente (la espiral del dumping fiscal es contradictoria con el sostenimiento de las cuentas públicas y penaliza al que menos tiene).
Estos hechos diferenciales que he relatado responden a elecciones políticas que tienen traducción económica, y generan las mayores asimetrías y desigualdades entre ciudadanos europeos. Por tanto, se trata de injusticias y discriminaciones que minan las opciones de los ciudadanos, y que no son imputables al capitalismo, sino a elecciones políticas erróneas, fundamentadas básicamente en intereses concretos (del gran capital en el caso del secreto bancario, de las grandes empresa en el dumping fiscal, etc.), que lacran la competitividad de unos Estados en detrimento de otros. 
El gran problema de la UE es esa desintegración política que se traduce en una desintegración económica. La crisis de competitividad está directamente relacionada con las carencias en la integración, y con la pervivencia de las ópticas estatales en las decisiones políticas. Así, tanto los ciudadanos como las empresas europeas, padecen distorsiones y sufren las consecuencias, simplemente porque ni siquiera se ha conseguido crear un verdadero Mercado Único. No todos tenemos las mismas posibilidades, ni en términos de acceso a crédito, ni en términos de derechos y oportunidades. La política de brazos cruzados dominante hasta ahora agudizará el declive y el malestar social, porque lo grave no es que los actores económicos estén desincentivados, es que los ciudadanos lo están. La gran cuestión es si la Unión Europea es capaz de ofrecer un modelo económico estable y armónico del que se beneficien todos los europeos, tanto empresas como ciudadanos. Este es el gran reto político para la próxima legislatura.
*Imagen: From the Blog by David F. Ruccio  


lunes, 24 de marzo de 2014

Ucrania: revolución callejera e incompetencia política

Estamos siendo testigos de que el momento posrevolucionario es la clave de la revolución, ya que es el que fragua la transición hacia un sistema institucional legítimo y duradero. ¿Hasta qué punto una revolución en la calle puede traer un cambio positivo para la ciudadanía?
Las imágenes que nos han llegado de Kiev, desde noviembre, con centenares de jóvenes y niños resistiendo el frío en la plaza de Maidan, plantean algún dilema. ¿Tendrán esos jóvenes conciencia de haber participado en la construcción de una nación? ¿Ha sido su triunfo el cambio en la jefatura del gobierno? No es difícil suponer que parte de aquella ilusión ya se ha desvanecido. La euforia de las reuniones masivas no está relacionada históricamente con logros democráticos, sobre todo si insuflan movimientos extremistas (a Tahir nos remitimos). También es cierto que los congregados en la plaza Maidan coincidían en puntos esenciales: el acercamiento a la UE, pero también la lucha contra la corrupción y la excesiva regulación económica, la reforma constitucional para evitar el poder excesivo de los presidentes.
A estas alturas de la historia conocemos bien los resortes de una democracia participativa: tribunales, constituciones, división de poderes, elecciones, libertad de información. Precisamente, las elecciones y la alternancia de poder deberían ser salvaguarda suficiente para evitar un poder autocrático y corrupto. Las reglas aseguran el cambio. Más allá de la Realpolitik, se busca un nuevo modelo normativo.
Hace un par de años, muchos vaticinaban un giro histórico de la mano de las revoluciones fraguadas en grandes plazas urbanas, desde los Indignados de plaza del Sol a la primavera árabe. En Kiev, importaron el modelo e hicieron suya la plaza Maidan. En Ucrania ya hubo una “Revolución Naranja” en 2004 (el motivo era el fraude electoral), avalada también por la comunidad internacional, y por el conjunto de la oposición ucraniana.

El detonante de la actual revolución de Maidan fue la caída del acuerdo comercial con la Unión Europea en noviembre, en un trasfondo de deterioro económico y empobrecimiento de las clases medias. En principio, no era un movimiento ideológico, aunque la presencia de banderas europeas en la plaza sí revelaba una nueva ilusión, truncada por la aparición de violentos, que tomaron el control de las masas. Muchos de ellos identificados como nacionalistas fascistas (del partido Svoboda, que había ganado peso en las poblaciones más occidentales en las elecciones de 2012). Ello no ha impedido que estos grupos, con el apoyo de Occidente, hayan cuestionado al gobierno ucraniano de Yanukovich (adornado con tintes totalitarios, pero electo democráticamente), habiendo logrado su derrocamiento.

Sin ser amiga de teorías conspirativas, legítimo es preguntarse si todo esto es casual o responde a un plan orquestado. Si llamativo ha sido el desfile de líderes de la UE en Kiev –recordemos a Ashton dándose un baño de masas en Maidan-, más sorprende la intromisión del gobierno estadounidense en el asunto, desde la famosa filtración de “que se joda la UE”, en boca de Nulan, la famosa asistente del Secretario de Estado, de quien se afirma en varios medios que ha apoyado económicamente las movilizaciones de Maidan. 


No podemos hacer un ejercicio valorativo sobre la intención del gobierno de Obama, pero para la gente de la plaza Maidan, la revolución "ha triunfado" al imponer un cambio de régimen político, obviando, a sabiendas o no, la presencia clave en el nuevo gobierno ucraniano de un partido nazi llamado Svoboda (Libertad), que anuncia su deseo de “purificar” la nación ucraniana. ¿Cómo ha podido esta formación, que solo gozaba de un 10% del apoyo electoral, llegar a hacerse con el gobierno de Ucrania? ¿Es más legítimo este gobierno, aupado por la turbamulta? ¿Qué fue de aquellos jóvenes que enarbolaban la bandera de la UE y pusieron en boga el hashtag #euromaidan?



Los líderes de la UE se han hecho muy visibles en Kiev, alentando la esperanza en la gente, mientras media Ucrania se removía incómoda desde el sofá de casa. Es arriesgado jugar con el ánimo de un país en ruinas. Inevitablemente, Rusia ha entrado en escena, y lo hace consciente del peso de la sociedad pro-rusa en Ucrania, hasta el punto de anexionar a Crimea, en contra del orden internacional. 

Según Kaplan, Rusia siempre ha conjugado el ánimo proteccionista con el expansionismo, debido a su orografía, a la llanura y al temor a la amenaza externa. Este temor se nutre también del nacionalismo. Ello sumado a la destitución del gobierno establece una nueva y peligrosa doctrina, e instala una sensación de vulnerabilidad absoluta. La posibilidad implícita de cualquier revuelta espontánea podría devenir un peligro para cualquier democracia, poniendo en riesgo el Estado de derecho. Como escribiera Tocqueville, sobre los contrarios a la Revolución francesa: “Temiendo más la soledad que el error, declaraban compartir las opiniones de la mayoría”. Los rusófonos ucranianos se rinden a Putin, quien lanza un aviso a navegantes a moldavos, estonios y a todo rusófono viviente, bajo el clásico manto retórico, interpretable en términos de guerra fría, o como síntoma de nostalgia del imperio soviético. 

Putin se ha convertido ya en epígono del nacionalismo expansionista. Su discurso es fácil, sencillo y coherente en su impetuosidad. La internacionalización del conflicto de la plaza Maidan ha servido a su causa, mientras Occidente ha cometido errores de cálculo, cayendo en el juego de la retórica maniquea. Hoy tenemos la firme sensación de que la Unión Europea ha patinado en Kiev, y de que Ucrania es una crisis pendiente para todos.


* Imagen: demolición de la estatua de Lenin en las revueltas de Kiev el 8 de diciembre de 2013

sábado, 22 de marzo de 2014

New twists in the European elections

In May, Europeans will be called to vote for the 8th time. Many argue, this European election will turn into a first-order contest, in the sense that previous elections were more influenced by national political issues.
Supporting facts
There are three relevant elements to support this premise. Primarily, it is important that, for the first time, political parties are the ones to nominate a chair to the Commission. Secondly, the changes underway in the eurozone are leading to the endorsement of a stronger fiscal union, underlining the conflict between “national” and “European” preferences. Finally, the disruption of nationalistic and eurosceptic parties is also a determining factor.
These three elements shape up a new context. Regarding the first point, we can predict a greater role for the EU Parliament (EP) in choosing the Commission President. As it happened last time, in accordance with the Lisbon Treaty, the president will be elected on the basis of the nomination from the European Council, taking into account the EP elections.

viernes, 14 de febrero de 2014

La UE llega a la madurez política




Hoy leemos la noticia de que el Parlamento Europeo ha mostrado su dedo acusador contra la troika, a la que señalan como causante del desempleo y el malestar social en la periferia de la zona euro. Interesante intento, que no tendrá consecuencias políticas reales. 
Estas declaraciones revelan que la eurocámara debe ser mucho más que una institución con "derecho al pataleo"... Durante estos días, de intenso ajetreo y deliberado aislamiento, un colega me ha pedido que comparta en su página web una reflexión sobre la reforma de los tratados de la UE. Su petición requería que me ciñera a un artículo de especial relevancia. De inmediato pensé en el ámbito fiscal, el de los recursos, que tan esencial es para el futuro y la viabilidad de la Unión. En ello estoy. 





Bien es cierto que se me vinieron a la cabeza algunas reflexiones generales y sencillas sobre la importancia de la reforma del Tratado, un asunto que no es meramente técnico, o legal, sino que tiene una trascendencia democrática profunda. Así que en un momento, un sucesión de ideas simples se me vinieron a la cabeza. He decidido compartirlas en mi blog.





Aquí están, simples, pero sí con la vocación de despertar en el lector una cierta conciencia sobre la necesidad y relevancia del Parlamento Europeo. Muy adecuado, a apenas tres meses del próximo encuentro electora, nuestra cita en las urnas con Europa, no lo olviden.



Aires de reforma política en la UE
La Unión Europea se enfrenta a un nuevo momento crucial en su devenir histórico. Muchas voces demandan “más Europa”, y ello implica, en todos los casos, una reforma del actual Tratado. No es sólo una la vieja demanda de los federalistas, sino que la propia canciller Merkel destaca la necesidad de una reforma que permita una mayor centralización política en la UE, relacionándola con la viabilidad del euro.

En este contexto es muy pertinente que la sociedad civil se sume al debate, participando activamente en las propuestas para el desarrollo de la ley fundamental que nos rige a todos los ciudadanos europeos. Emulando el espíritu de las convenciones constitucionales, esa transformación política exige la presencia de un foro de debate.

Quisiera ofrecer mi pequeña y primera aportación a ese impulso reformista, sugiriendo algunas propuestas para la reforma del Tratado de Lisboa.

El papel del Parlamento Europeo
En primer lugar, sería preciso dotar de mayor poder decisorio al Parlamento Europeo (PE), dado que es la única institución legitimadora del proceso de integración. Si bien esta institución era la más débil en el momento fundacional, hoy actúa desde una nueva perspectiva, y tiene un papel reconocido en el proceso legislativo. Su esencia democrática y la presencia del sufragio universal en su configuración justifican su aumento competencial. Lamentablemente, la codecisión es el procedimiento ordinario en la UE, y, aunque muchos vean en esto un logro, ello no impide que la UE siga cayendo en la tentación intergubernamental. Lo es en su funcionamiento básico, aunque de una forma cambiante en su toma de decisiones. 

Actualmente se produce una contradicción entre la necesidad perentoria de capacidad económica y las limitaciones que establecen, no sólo los tratados, sino los gobiernos. La tensión constante de la integración vive ahora un momento decisivo en el proceso federal, y ello se debe a la crisis del euro. Este aspecto marca una diferencia clave con respecto a las anteriores elecciones europeas.

Por si fuera poco, en los ámbitos fiscal y social, que son el núcleo de las políticas públicas, el Parlamento Europeo desempeña un papel meramente consultivo. Esta carencia adquiere un matiz mucho más preocupante cuando descubrimos que el presupuesto de la UE se articula a través de un Marco Financiero Plurianual, que se concreta en unos fondos prácticamente irrelevantes (algo más del 1% de la RNB promedio de la UE).
El Parlamento Europeo, por tanto, no incide en la política real, no participa en la movilización de recursos públicos, y no puede intervenir en la corrección de los distintos impactos asimétricos que se producen en la Unión Europea, debidos a la respuesta a la crisis del euro, por ejemplo.

Sin duda, estas deficiencias explican en gran medida la desafección ciudadana hacia la UE, y serían causa directa de la baja intención de voto en las próximas elecciones al Parlamento Europeo.
Esa apatía evidencia que los europeos no somos conscientes del desafío político que tenemos en nuestras manos, ni de que precisamente, ese descontento puede encontrar un cauce adecuado a través del Parlamento Europeo, en el sentido de que la cámara parlamentaria europea no tiene parangón en ningún lugar del mundo, al situarse en una posición de privilegio para superar la dinámica de los Estados-nación imperante en el Consejo.

Es clave, por tanto, que si se plantea una reforma del Tratado, ésta se sustancie en que el Parlamento Europeo deje de ser una institución menor, - y en algunos casos incluso meramente consultiva -, dependiendo en realidad de las sentencias del Tribunal de Justicia de la UE, o de su jurisprudencia, para poder avalar sus posiciones.

En este contexto, creo que el artículo 289 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea (TFUE) debe ser unos de los primeros en reformarse, ya que establece que la consulta es un procedimiento legislativo para que el PE dictamine sobre una propuesta de la Comisión, antes de que el Consejo la adopte, mientras el Consejo no está obligado a seguir el dictamen del Parlamento (aunque gracias a la jurisprudencia del Tribunal, es necesario el dictamen favorable del PE para poder adoptar una decisión).

Tal como está redactado el artículo, el Parlamento se convierte en una especie “de piedra en el zapato” algo incómoda para el Consejo, pero que en caso alguno implica una capacidad real de determinar la acción política por sí mismo. De hecho, el desarrollo en el art. 294 de lo que establece el TFUE permite varias lecturas de los proyectos de ley, y la constitución de un Comité de Conciliación, si fuera necesario, para la adopción de las leyes, aunque en la práctica se ha visto que esto es muy infrecuente. Se suelen producir acuerdos entre las tres instituciones (Comisión, Consejo y Parlamento), y con una transparencia manifiestamente mejorable, de cara a la opinión pública.

El papel de los parlamentos nacionales
El desarrollo de la crisis del euro ha revelado la magnitud del déficit democrático, al haberse producido una transferencia de soberanía a la Comisión, como supervisor de los presupuestos anuales de los Estados miembros. Dicha transferencia se realiza en virtud del Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza (TECG), conocido como Pacto fiscal europeo, y siguiendo, o en beneficio de, los criterios que ya marcaba el fallido Pacto de Estabilidad y Crecimiento, es decir, siguiendo la ortodoxia monetaria, y que deja prácticamente al margen a la eurocámara. 

Ello presenta un problema de legitimidad notable, que solo podría compensarse mediante la presencia activa de una institución legitimadora; como hemos dicho, el Parlamento Europeo, lo cual exige un reparto de soberanía y el reconocimiento del papel de la eurocámara en el balance de poder de la Unión. Es decir, no se pueden transferir competencias, sin el control democrático debido.

En previsión de este problema, en el Tratado de Lisboa se tomó la decisión (errónea, a mi juicio) de reforzar el papel de los parlamentos nacionales en el sistema de la UE, en virtud del principio de subsidiariedad.

El Tratado de Maastricht fue el primero en abordar el encaje de los parlamentos nacionales en la UE, y lo hacía reconociendo el derecho de estas cámaras a recibir información. Pero es el TFUE, en el Protocolo, y en varios artículos, como el art. 69, el que recoge las disposiciones sobre el derecho a oposición de las cámaras estatales. En la práctica, esto actúa como freno legislativo y ha impedido que el Parlamento Europeo desempeñe un rol pleno como cámara de representantes, ejerciendo un control sobre las instituciones que tienen la iniciativa legislativa, sobre los decisores políticos, que son el Consejo y la Comisión. 

En este sentido, es contraproducente que todos y cada uno de los 28 parlamentos nacionales intervenga en el proceso político comunitario, dado que los parlamentos suelen actuar al dictado, o cuanto menos en sintonía, con sus gobiernos, que ya tienen voz en el Consejo. El parlamento nacional es un aliado de los gobiernos respectivos.

El argumento que sostiene el refuerzo del papel de los parlamentos nacionales es que éstos no podrían desarrollar las funciones que establecen las propias constituciones nacionales, ya que ven limitadas sus atribuciones, debido a la intervención comunitaria. En ese sentido, la reforma debe apuntar a un refuerzo del papel del Parlamento Europeo, como única vía para dotar de legitimidad a las acciones legislativas. Veremos, en reflexiones posteriores, que la subsidiariedad (relacionada con las preferencias locales/regionales) forma parte del ámbito regional, y debería recaer en la competencia del Comité de las Regiones, en un marco de autonomía financiera de las regiones europea y con un presupuesto federal europeo... En la UE debe comprenderse que el camino de la subsidiariedad es el del federalismo fiscal, pero ese debate no "toca" en la reflexión de hoy.

Fin a la etapa de los consensos
El planteamiento crucial ahora es definir las funciones del Parlamento Europeo, maduro para afrontar una nueva etapa. Ello abriría el camino a la creación de listas transnacionales. En estas fechas preelectorales se echa de menos un programa electoral paneuropeo, un programa que nos explique qué va a hacer nuestro eurodiputado, y qué UE tiene en su mente. Probablemente para alcanzar ese objetivo, tenemos que traer el debate en clave europea a la palestra, centrándonos en lo esencial, que no son las disputas políticas nacionales, el politiqueo en la peor de sus acepciones, que tanto desilusiona al ciudadano de a pie. 

En el ámbito del Parlamento Europeo se suelen producir, históricamente, grandes consensos entre partidos mayoritarios, lo cual ha sido muy útil en los momentos claves de la integración (como el previo al Tratado de Maastricht) para arrastrar a las grandes mayorías ideológicas hacia el proyecto de unidad política de la UE, pero que puede ser contraproducente en una Unión Europea que ya ha alcanzado la madurez política


El consenso desdibuja el debate y debilita la labor de los eurodiputados, les resta visibilidad. El juego de consensos y la difuminación ideológica deben ser cosa del pasado. En esta etapa tan crucial de la integración, una vez superada la peor faceta de la crisis del euro, una imagen de consenso transmite opacidad y empobrece las posibilidades institucionales. Por no hablar de la falta de espíritu crítico, tan propia de los regímenes totalitarios. Europa es plural y su Parlamento debe reflejarlo.


Sabemos que la UE tiene que volver a reformarse, para sobrevivir como proyecto común. Si no hay un rendimiento visible para el ciudadano, no solo en forma de valores, sino en un crecimiento económico más equitativo para todos los europeos (con todo lo que ello implica de compromiso político), la propia UE puede verse amenazada en su propia esencia. 


En estos momentos, hay cierta amenaza eurófoba, pero mayoritariamente, la ciudadanía europea quiere seguir formando parte de la UE, así que, sabiendo que cuentan con la generosidad del ciudadano, no es mucho pedir que se reforme para que el Parlamento Europeo decida y ponga orden en esta casa común. No obstante, si pedimos a los líderes de la UE que no nos hagan perder la fe en ella, participemos nosotros, legitimando a la única institución que votamos. Pero exijamos a nuestros representantes que den la batalla, y establezcan un programa para la UE, concreto, definido, contrastado. No esperen a que llegue el momento de votar para hacerlo.